Sentada del 9 de agosto de 2012


EL CHICO QUE NO SABÍA OBEDECER

César

Pablo tenía un hermano mayor y su padre siempre se lo ponía de ejemplo. Ésta pudo ser la razón por la que Pablo jamás obedeciera, ni a su padre ni a nadie. Desde que tiene memoria, siempre se reproducía el mismo conflicto en casa.
Pablo, ayuda a tu madre a poner la mesa –ordenaba el padre.
Mándaselo a Edu, que yo estoy cansado –respondía Pablo.
Edu está estudiando.
Por eso, para que haga algo con las manos, que parece un inútil.
No hables así de tu hermano. Él obedece, no como tú.
Pues por eso, que ponga la mesa.
Pablo no le dejaba alternativa a su padre, que siempre terminaba cascándole. Pero ni así conseguía que pusiera la mesa. Lo mismo un lunes que un domingo, lo mismo con la mesa que con la cama, lo mismo para ir al cole que para volver y lo mismo en el cole que en la catequesis, Pablo ni obedecía a su padre ni obedecía a nadie, ni al cura ni a la profe ni los santos mandamientos.
Mientras Pablo fue niño, sus desplantes se podían tolerar mal que bien. Pero pasaba el tiempo y su rebeldía no cedía. Nadie hacía vida de él. Era tan inteligente que difícilmente podías argumentar en su contra. Además, le gustaba estudiar y los resultados académicos eran excelentes, con lo cual tapaba la boca a los que le reprendían su rebeldía.
Eres un indisciplinado –le decía la profe de Mates.
Yo no necesito de las disciplinas para aprender lo que usted no sabe enseñar –respondía Pablo.
Y además eres un maleducado.
En eso le tengo que dar la razón, ustedes son mis educadores y no lo hacen nada bien.
No voy a tolerar más desplantes de usted. Diga a su padre que venga mañana a hablar conmigo.
Se lo va a tener que decir usted, yo no me hablo con él.
Estos diálogos eran un espectáculo en clase y terminaban siempre con Pablo en el despacho del director, expulsado del aula. Pero como era el alumno más brillante del instituto, nadie tomaba medidas drásticas.
El padre estaba tan preocupado con este monstruo de hijo que terminó haciendo una llamada que venía madurando durante muchas noches de insomnio.
Paco, no hago vida de mi hijo, el pequeño. ¿Habría alguna posibilidad de matricularlo en tu internado para el curso que viene?
Ya sabes, Antonio, que este centro es de mucho nivel –y Paco era el director.
Por eso no te preocupes, Paco. Lo peor de mi hijo es que es más inteligente que cualquiera de sus profesores. Y que yo mismo, por eso no he conseguido deslomarlo. ¿Qué te parece?
Ya me está interesando el caso de tu hijo. No te prometo nada, pero si lo matriculas aquí, por lo menos te libras de él durante el curso.
Comenzó el curso para Pablo en un páramo de Madrid con agua de pozo artesiano, en un pueblo cerca de Villaconejos. El internado estaba muy bien equipado, con instalaciones deportivas aceptables y con un profesorado, que si no muy cualificado, sí con experiencia. A Pablo no le importó el cambio, hasta lo agradeció, tenía más independencia allí.
El primer conflicto se presentó en el comedor, después de unos pocos días de orientación y toma de contacto. El pollo en salsa del menú era incomestible. Y como es natural, lo dijo.
Este pollo no se lo daba yo ni a mi gato.
Todos los compañeros de la mesa le dieron la razón a Pablo. Y el pollo que se montó en el comedor sí que fue de primer orden. No saltaron los platos, con filete y salsa, contra la pared de milagro.
Tuvo que venir el director a poner orden. Probó del plato de Pablo aquel filete repugnante y no tuvo más remedio que darle la razón.
Yo tampoco le daría el filete a mi gato.
Asombroso, es la primera vez que un adulto me da la razón –le dice Pablo al dire, sinceramente admirado.
Pablo, a veces no basta con tener razón, también hay que saber defenderla con las palabras adecuadas, antes de sacar los revólveres.
Desde aquella comida boicoteada, no volvió a comerse pollo seco en el comedor del colegio.
Y muchas más cosas cambiaron durante el curso por las críticas de Pablo, que no se cortaba, pero no se volvió a montar ningún otro pollo. Bastaba con decirlo y negociarlo. Pablo había tomado nota del consejo del director y se esforzaba por hacerse entender.
Antonio, –le dijo su amigo Paco, el dire, cuando volvió a encontrarse con el padre de Pablo al final del curso– tienes un hijo que ya lo quisiera yo para mí. Es un líder y es de natural noble y solidario, una verdadera joya, una verdadera promesa. No sé si lo habremos hecho bien, pero tu hijo no se ha equivocado nunca durante este curso, puedes estar seguro.
No sabes la alegría que me das.
De todas formas, te compadezco, no es nada fácil tratar con un genio. Y su rebeldía cada vez será más peligrosa.
¿Pero eso no se cura?
Mucho me temo que no, y más si el chico es inteligente –dijo el dire, que sabía de lo que hablaba, dedicado toda su vida al troquelado de adolescentes.

DESAMOR 
Conchi

Yo tenía un amigo, Marcos, por no ponerle su nombre real, para que nadie se entere, pues está casado de segundas. Estaba en el Hospital Clínico de S. Carlos, en Madrid, y me enamoré perdidamente de él. Yo tenía cinco añitos y él había cumplido veinticinco. Era delgado, moreno, con ojos negros y un cuerpazo demasié. Cuando pasaba delante de mí me sudaban las manos, me entraban escalofríos por todo el cuerpo, me temblaban las piernas, aunque iba en silla de ruedas manual y me llevaban de un lado para otro los cuidadores. Me echaban chispas los ojos, unas chispas luminosas. Me ponía colorada y nerviosa. Menos mal que se fue pronto, aunque no he podido olvidarlo y lo sigo por ahí, por sus traslados y sus matrimonios.
Pero había otro médico que se llamaba Ricardo, aunque no es su nombre real, pero para nosotros sí, y me parece que estaba más colada por éste que por el anterior. En cambio con éste, cuando lo veía, me salía una sonrisa de oreja a oreja, ya que siempre que pasaba por mi lado me decía cariñosamente “orejillas de salchichón” y me subía por el cuerpo como una culebrilla. Me enamoré de él como los bobos. Cada día que pasaba me gustaba más y más. Tenía unos ojos azules como luceros.
Pero me dio puerta sin darme puerta. Me dijo que era una cría, que era muy pequeña para él. Pero yo dale que dale, seguía enamorada hasta los huesos. Me decía: “Olvídate ya de mi, no te quiero ni un poco”.
Y dejó de atenderme. Me quedé desconsolada. No quería comer, ni levantarme de la cama, tampoco hacía los deberes. Porque yo antes escribía a mano, despacito, pero lo hacía. Desde entonces, nada.
Con el tiempo y una caña se me pasó el enamoramiento tan fuerte. Fui creciendo y me di cuenta de que las personas son así así... y también me di cuenta de mis límites. Aprendí hasta dónde se puede llegar. Desde entonces no he vuelto a enamorarme de nadie.
Pienso que nunca me enamoraré, ya que las cuidadoras de este centro se meten por medio en lo que no les importa. Y eso no me gusta.
Por eso prefiero estar sola. Hablo con todo el mundo, pero con ninguno en concreto.

ENTRE PRIMOS
Víctor

Jesús ya no recuerda la causa del rencor tan hondo que sentía hacia su primo. Cruzarse con él por la calle o coincidir en el bar le descomponía. Haga lo que haga el primo Miguel Ángel, a Jesús le incomoda y le ofende. A lo mejor todo comenzó cuando su padre tenía aquellos melones en el prado del cortijo y Miguel Ángel, una noche, se fue con otros cuantos chicos a darse un atracón a costa del trabajo del tío.
El destrozo fue enorme en la finca y Jesús terminó averiguando quiénes habían sido los autores. O se lo imaginó, que a estas alturas, pasados tantos años, ya da lo mismo.
Por supuesto, no le invitó a su boda. Jesús recuerda la fiesta con agrado porque no estaba presente el primo, más que por la felicidad de su mujer Lucía. Pocos días de su vida recuerda que no se estropeasen a causa de la presencia de su primo. Algüera es un pueblo nada grande, hay una única iglesia y se dice una única misa diaria, sin querer coincides con tus enemigos aquí o allá por más que te propongas evitarlo. Coincides hasta en los bares, y eso que hay más que capillas, algunas veces en la feria, en la fiesta de la Batalla, no puedes huir de tu propio pueblo, no puedes huir del destino.
La suerte cambió sin embargo cuando Jesús se enteró de que ahora Miguel Ángel se dedicaba a robar el gasoil de los tractores y a darse algún que otro paseo con coches que no eran suyos. Con un poco de suerte, ya tenía Jesús la manera de deshacerse para siempre del primo.
Le puso en la pista de los robos del gasoil al cabo de los civiles, pero esto era un delito menor que no conllevaba cárcel. El antecedente del robo, sin embargo, permitió que Jesús convenciera al cabo de su autoría cuando el delito fue mayor: el incendio de la dehesa y, sobre todo, la desaparición de la cosechadora de Daniel, un chico que venía a cosechar desde Ávila hacía ya muchos años. El primo Miguel Ángel terminó en la cárcel.
Y desde aquel día, Jesús está desconocido: sale a la calle más relajado y vuelve más feliz. Y no hay malos encuentros en su vida que le amarguen el carácter.

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