Sentada del 18 de diciembre de 2008

MIS PRIMEROS PASOS
Peva
Peva, que como sabe todo el mundo, soy yo, se dispone a entrar en el mundo de los ordenadores.¡¡¡No me lo puedo creer!!! Ya sé que estaba tardando, pero tengo cierto respeto a lo desconocido y estos artilugios siempre me han dado un poco de reparo. No sé por qué, pero así es la vida. Ese mismo respeto hace que me cueste aprender a manejarlos, pero nada es imposible y empiezo a hacer buenas migas con este ultima generación. Cuando aprenda a manejarlo bien, nada bueno quedará en el mundo que se me resista. Casi nada, pues hay una cosa, manejar el amor, o sea, a un hombre, que ya no tiene remedio y además es imposible. Es mejor dejarlo pasar, porque sabes que te puede arruinar la vida, lo cual sería una pena porque tan solo dispongo de una. No es un buen negocio que se desperdicie la única vida que tenemos en lamentaciones. Es una manía que sólo conduce a una de esas depresiones, tan de moda, para no levantar cabeza en un año o más. Y un año con la cabeza gacha, sin poder mirar al cielo, lo bonito que está, aunque también tiene sus días malos, no es buen negocio. Porque el cielo tiene una cosa buena, el gran misterio de su enorme masa. Esto es lo que lo hace la mar de interesante para nosotros, los piraos terrícolas, que tenemos la manía de mirar al cielo diáfano y decir bello a ese arrimadero de polvo y materia orgánica y ¡por qué no! de algún extraterrestre colgao con ganas de marcha, que seguro que los hay, más manejables que un hombre y ¡quizá! más cerca de lo que yo creo, pululando a mi alrededor y también con miedo a una relación más intima, que sabido es en el cielo y por ahí que los terrícolas estamos medio piraos. Sólo le pediría a ese ser de otro mundo que, si aparece ante mí, lo haga con buenos modales, porque si lo veo y no se parece en nada a un indígena de aquí lo mismo me da un infarto. Espero que sea inteligente este ser de otras galaxias y tenga la atención de enseñar la patita, antes, para saber una de qué va, que ET se le apareció al chaval de la película tan de sopetón que al pobre le faltó poco para palmarla. Al niño le salvó la imaginación, lo que espero que me salve a mí, porque hay que tener mucha imaginación para alcanzar el cielo y tenerlo en la mano, como lo tuvo la Cenicienta. Sobre todo, hay que echar mano de la imaginación cuando, al llegar la media noche, a la chica se le desvanecen los caballos blancos como la nieve y la linda carroza para convertirse en lo que siempre fueron, una pobretona calabaza y unas asquerosas ratas de vertedero, dicho sea con todos mis respetos, aunque los cuentos los escribimos como nos da la real gana y nadie protesta en ellos. Es por lo que me gusta tanto escribir, porque el papel aguanta todo sin mosquearse. Sólo yo me puedo mosquear y, cuando escribo algo que no me gusta, le doy al botón y directamente a la papelera de reciclaje ¡qué invento, tú! Cuando aprenda también a darle al botón de imprimir y salga escrito en el papel lo que sí me gustó, ese día es que ya me corro. Porque a mí lo que me encanta es esto de escribir, no los aparatos. Bueno, depende cuáles.



EL PATO CARLOS
Isabel
El pato se llamaba Carlos, igual que su dueño. El dueño se había empeñado en adiestrarlo a la manera de los patos artistas. Quería hacer cine con el pato Carlos. Pero lo adiestraba con métodos sumamente crueles. Era tanta la maldad del amo Carlos, que un día agarró del cuello al pato Carlos y lo apretó tan fuerte que casi lo mata. El pato empezó a saltar dando unos brincos de aúpa. Estaba aterrorizado y temblaba como una pluma. Hacía el pobre movimientos rarísimos, como una culebra, en zigzag. Un día, el pato Carlos, harto ya del maltrato, cuando su dueño estaba dormido, se lió a picotearle la cara con rabia, haciéndole tales heridas que le sacó los ojos de las órbitas y lo dejó ciego y ensangrentado. La cara se le quedó al dueño Carlos como la de un monstruo. Asustaba a las personas, y la gente reaccionaba tirando piedras a su paso, llenando su cabeza de chichones que asemejaban cerros y montañas. El pato Carlos, envalentonado al fin, un día que el dueño se durmió borracho, acribilló su cuello en círculos, muy inteligentemente, hasta que se le separó la cabeza de los hombros. El pato por fin se sintió tranquilo y seguro, se echó a tomar el sol en el corral, acurrucado, y se quedó dormido de inmediato. Pero llegó el juez con los alguaciles, y el pato Carlos se despertó. Los alguaciles lanzaban vivas al pato Carlos y este se despabiló ahuecando las plumas y diciendo cua cua cua, con un bostezo de alegría. Pero el juez venía a lo que venía, con el verdugo. Y el verdugo, con su hacha de doble filo en una mano, agarro con la otra el cuello del pato Carlos, que había adivinado sus intenciones y estaba muerto de miedo. Brillaba el hacha en su mano. Sólo restaba cortarle el cuello al pato Carlos. Y se lo cortó. Y, como el juez había sentenciado también, se hizo paté con el pato, una vez decapitado. Los que probaron el paté del pato Carlos, que hubo para todos los paisanos, aseguran que nunca un paté había salido tan equilibrado y sabroso. Y dicen si no será por la satisfacción de la venganza en el hígado.


AMISTAD
Fonso
Acompañaba aquella tarde a Juan José al Parque de las Naciones. Íbamos a ver un espectáculo que venía de Rusia. Juan José es algo más alto que yo, rubio y de ojos azules, pero le “canta” el aliento bastante y da un poco de asco. Sin embargo, él siempre quiere llevar la razón y tiene muy malas pulgas. Me empezó a hablar de una agarrada que había tenido con Antonio González, que tiene el pelo cada vez más largo y más heavy. La había tenido con él, según me contaba Juan José, por el siguiente motivo. Habían llegado juntos al rincón donde nos vemos la peña. Venían de pasear un buen rato ellos dos y a Antonio se le había terminado el tabaco. Al llegar, Juan José se echó la mano al bolsillo, sacó un paquete de Ducados y ofreció tabaco a la peña. El Antonio terminó quedándose con el paquete de su amigo en la mano, pues había confianza entre los dos para eso y para más. Cuando Antonio González le fue a meter el paquete en el bolsillo del pantalón, dice Juan José que el otro notó que allí tenía la pasta, unos cien euros, que algo abultan, y no metió el paquete todavía. Antonio esperó a que Juan José estuviese más descuidado y en ese instante dio el cambiazo, le metió el ducados en el bolsillo y le sacó la pasta. Y dice Juan José que Antonio porfía que eso es mentira, pero él asegura que no, que había sentido cómo le mangaba la pasta. –¿Qué, no dices nada tú?, me increpó al término de su relato Juan José. Por supuesto que yo no dije nada. No me fío ni de Juan José ni de Antonio González, a ninguno de los dos le compraría un burro. Callado, no me equivocaba.

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